“I have all the defects of other people and yet everything they do seems to me inconceivable.” (Tengo todos los defectos de los demás y, sin embargo, todo lo que ellos hacen me parece inconcebible.)
— Emil Cioran, The Trouble with Being Born
Algo va terriblemente mal en este mundo, ¿no es así? En diversas geografías del mundo, se asesina a niños, se les secuestra ve se les utiliza para fines turbios. ¿Y qué hacemos nosotros? Lejos de luchar con determinación para corregir esta crueldad, desperdiciamos nuestras vidas en pos del beneficio constante y, lo que es peor, para llenar los bolsillos de nuestros patrones, olvidando incluso la muerte bajo las normas impuestas por el capitalismo y el mundo moderno. En este contexto, considero oportuno citar a Séneca, quien ocupa un lugar fundamental en mi universo mental:
‘‘Non exiguum temporis habemus, sed multum perdidimus.” (No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho.)
— Lucius Annaeus Seneca, De Brevitate Vitae
Sin duda, nuestros padres y sus padres tenían responsabilidades que cumplir. Hayan hecho lo que pudieron o no, este es el mundo que nos dejaron. Tenemos responsabilidades que cumplir para que nuestros hijos no nos digan lo mismo. El cambio primordial que debemos realizar para cumplir con estas responsabilidades debe comenzar en nuestra mente. En este sentido, quiero hablar sobre la declaración de la muerte como un defecto por parte del capitalismo, el significado de la vida y la muerte, y finalmente, sobre las religiones y las relaciones sociales.
Marx, en su teoría de la alienación, habla de cuatro tipos de alienación humana: la alienación respecto al producto, al proceso de producción, a uno mismo y, finalmente, a los demás. El trabajador no puede poseer el producto que ha creado con sus propias manos; esta situación lo aliena del producto. Al no tener control sobre los mecanismos de producción, también se aliena de su propio acto. El hecho de que la competencia enfrente a los trabajadores entre sí, la continua dominación de otros durante las horas de trabajo y el intercambio de la libertad por lo material termina alienando al ser humano de su propia esencia.
Volviendo a nuestro tema, considero que el único capital significativo que posee el ser humano es el tiempo que tiene. Si nos imaginamos como obreros de una fábrica, el hecho de comerciar con este capital único a cambio de materia, en lugar de trabajar para nuestro propio momento de la muerte, nos aliena de la vida e incluso de nosotros mismos y de los demás. Este sistema de mierda no se detiene ahí; incluso monetiza la inmortalidad —el deseo más antiguo de la humanidad— con el fin de erradicar la muerte, la mayor enemiga de la productividad, o al menos para hacernos creer en ello.
Ya sea a través de los métodos de biohacking y las promesas de criónica, o desde los suplementos vitamínicos hasta bolsas y bolsas de productos para el cuidado de la piel, en todos los ámbitos nos vemos expuestos a un adoctrinamiento que utiliza el frenesí consumista a través de la publicidad; y esto es una situación sumamente inmoral. Este sistema, que nos arrebata nuestra posesión más valiosa para darnos materia a cambio, en un segundo paso nos vende, a cambio de esa misma materia, o bien algo que no necesitamos o directamente una falacia. Sin embargo, el concepto que determina el valor y el sentido de la vida es la muerte. Cada momento vivido, cada segundo, es para la construcción de ese instante de la muerte. Entonces, ¿puede surgir una escena de muerte gloriosa de una vida explotada despiadadamente por el capital?
‘‘Death is an absurd contingency; it is always outside my possibilities.’’ (La muerte es una contingencia absurda; está siempre fuera de mis posibilidades.)
Jean-Paul Sartre, L’Être et le néant.
Personalmente, creo que somos nosotros quienes creamos el concepto de sentido en esta vida. Cada uno de nosotros asigna de manera subjetiva los significados que poseen los seres. En este contexto, este ser excepcional —digno de una tarea tan noble como definir y asignar sentido a la única y absoluta verdad, es decir, la muerte y, por consiguiente, la vida— al conformarse con la doctrina impuesta por la modernidad, ha vuelto patológicas sus definiciones de la vida y la muerte. Hemos empezado a definir la muerte como un azar carente de lógica y orden. Bajo la luz de esta definición, olvidamos la muerte; en el vacío creado por este olvido, justificamos nuestras ambiciones personales. Nos perdimos en deseos sin sentido pertenecientes a la “imagen pequeña”. Y nuestras vidas perdieron su valor. Porque cada momento vivido, cada segundo, si es valioso, lo es porque construye nuestro instante de la muerte.
Algunas personas astutas se dieron cuenta de nuestras vidas insignificantes y buscaron el remedio en los lugares equivocados. Lacan, por ejemplo, vinculó la vida y la muerte al deseo; definió la muerte como el punto donde el deseo termina y ligó el valor de la vida a la capacidad de desear ki otorga al ser humano. Aunque no le falta razón, no es tan sencillo.
Primero, definamos la muerte: la muerte no es ni una extinción, ni un azar, ni una salvación. Para mí, la muerte es lo absoluto. Cualquier otra definición no es más que una etiqueta que le imponemos de manera subjetiva. Si imaginamos la vida como un cuadro, cada momento vivido es una pincelada que aplicamos sobre el lienzo. La muerte, por su parte, es la firma que estampamos al final. De esta forma, la muerte eleva el sentido y el valor de la vida que hemos llevado al nivel que realmente merece. Es así como la muerte determina el significado y el valor de la existencia.
Nuestras vidas son tan valiosas como cada momento y cada segundo que dedicamos —como mencioné anteriormente— a construir nuestro momento de la muerte. Ahora bien, si la firma al final determina el valor y el sentido del cuadro, ¿qué determina el valor y el sentido de la firma? La respuesta a esta pregunta sería la coherencia del artista, es decir, la nuestra.
Cuanto más seguros de nosotros mismos estemos y más conscientes seamos de las realidades de la vida al reflejar las pinceladas sobre el lienzo en armonía, más significativos serán nuestra vida y, lo que es más importante, nuestra muerte. En este sentido, lo que le otorga valor a la muerte es el hecho de ser la instancia definitiva de validación.
¿Entonces, qué es esa coherencia que aprobará esta instancia definitiva de validación? Sin duda, la razón por la que el ser humano es un ser excepcional, la más noble de las criaturas, es que posee voluntad. Existimos en la medida en que podemos pensar y proteger nuestro libre albedrío. La coherencia, por su parte, es el grado en que traducimos este libre albedrío y nuestra capacidad de pensar en acciones.
La coherencia es ser capaces de mostrar la valentía para rechazar los hábitos de consumo impuestos por el sistema, los estereotipados escalafones profesionales, la creencia común de que la clave para lograr grandes cosas pasa por el networking superficial e interesado, y el mito de la inmortalidad que el capital intenta vendernos; es la valentía para elegir nuestra propia vida y, por ende, nuestra propia muerte. El “hombre moderno”, mientras intenta no salirse de las líneas de un libro de colorear ya pintado por otro, pierde la capacidad de estampar su propia firma al final del día. Debemos ser sabios y no apartar de nuestra mente, ni por un instante, cuál es nuestro objetivo final.
Nunca he pretendido ofrecer nada literaria o intelectualmente brillante en este blog; de hecho, cualquiera que tenga nociones de literatura podría calificar estas líneas como vacías o necedades, y lo respeto. Desde el principio, mi objetivo fundamental ha sido una vulgar display of my truth. En este sentido, veo este espacio como el único medio para desahogarme y sincerarme, y me otorgo este privilegio a mí mismo.
Hablemos de religión. Si hay apenas unos pocos leyendo estas líneas, probablemente sean personas que ya me conocen de la vida real, pero quiero dejar una constancia escrita. Soy musulmán. Alhamdulillah. SIN EMBARGO, lo que he visto en la comunidad musulmana y conservadora en los últimos años me fastidia tanto que, a veces, me dan ganas de decir: “Si el paraíso al que aspiráis es ese, preferiría ir al infierno antes que entrar en el cielo con vosotros”. ¿Realmente creemos en Alá, amigos? ¿O la religión es para nosotros simplemente una tabla de estadísticas? ¿Es solo un seguro o un juego donde se suman y restan puntos?
Cálculos insidiosos, puñaladas por la espalda, servilismo por doquier. Todo esto ha infectado cada estrato de la sociedad, desde lo más bajo hasta lo más alto, como un virus que mata nuestra hermandad paso a paso. El egocentrismo y la soberbia que nos impone el capital nos dejarán solos. For whom the bell tools? Hermano egoísta, tú que no puedes estar a mi lado hoy cuando caigo: it tolls for thee. Mañana, cuando tú caigas, volveré a estar a tu lado, pero habremos perdido todo y ya será demasiado tarde para todo. Si hoy no somos capaces de apoyarnos mutuamente, incluso cuando gozamos de tanta comodidad para vivir nuestras libertades religiosas en el clima político actual, mañana, cuando perdamos todos los focos de poder, esta vez el “28 de febrero” durará cien años.
Cuando el último sultán de al-Ándalus, Boabdil (Mohamed XII), tras entregar la ciudad, miró a Granada por última vez y rompió a llorar, su madre Aixa le dijo: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”. Nosotros ni siquiera tendremos a nadie que nos diga algo así. Hoy en día, establecer y mantener relaciones, tanto sociales como románticas, dentro de la comunidad musulmana es sumamente difícil. Debemos entrar en razón. Los hombres íntegros no tienen experiencia; nuestras jóvenes honestas no pueden confiar en los hombres; los mayores no asumen la responsabilidad ni sirven de guía. Desperdiciamos los años más productivos de nuestras vidas como briznas de hierba arrastradas por el viento.
Sin embargo, lo que debemos hacer es establecer la confianza. Fortalecer los lazos de hermandad, no distanciarnos por cuestiones de mierda y mantener la serenidad. El interés propio y el egoísmo en las relaciones sociales, junto con la desconfianza y la falta de virtud en las románticas, nos llevarán a nuestro fin como comunidad. Si recordamos la metáfora del cuadro que mencioné anteriormente, el hombre es, por naturaleza, un animal político (Aristóteles); por lo tanto, no solo pintamos nuestros propios lienzos, sino también los de los demás. Por ende, primero debemos ser rectos y virtuosos, y luego difundir esa verdad y virtud a nuestro alrededor. Somos nosotros quienes volveremos a hacer este mundo sombrío y neblinoso que nos ha tocado heredar un lugar virtuoso, bueno y colorido; y esta transformación solo será posible a través de esta mentalidad.
En conclusión, todos tenemos la obligación de dotar de sentido tanto a nuestro propio cuadro como al de las personas valiosas que nos rodean. Rechazando la ruina que el capitalismo nos dejará al final del camino, poder estrechar la mano del otro de verdad en este mundo neblinoso… He aquí lo que es sobremorir. Más que un acto pasivo como el de sobrevivir, es el hecho de dotar de sentido y virtud a nuestra muerte y, por consiguiente, a nuestra vida, sintiendo en todo momento el aliento de la muerte en nuestra nuca. Con el deseo de construir, entre esas personas «inconcebibles» de las que hablaba Cioran, lo único sensato: es decir, el sentido y la virtud.
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